La Imagen antigua

 

Fue realizada en 1792 por Julián de San Martín, uno de los mejores escultores de ese periodo en España, académico de mérito de la Real Academia de San Fernando, de Madrid.

La imagen fue adquirida por el Cabildo de San Juan en el año 1792. Según Amor Calzas, el coste de la escultura fue de 500 pesetas, lo que era una considerable suma de dinero en aquella época.

Destruida la mayor parte de la misma en la Guerra Civil, ha sido reconstruida aprovechando el busto, la mano, los tinteros y la pluma originales. Los trabajos de restauración y reconstrucción han sido realizados por el escultor sevillano Fernando Aguado Hernández en el 2012 con motivo de los 500 años de Historia de la Hermandad.

El trabajo ha consistido en la restauración de dichos restos (sin incluir de nuevo ojos de cristal para no dañar más la obra) y en la reconstrucción de la obra en madera de cedro con la dificultad añadida de no tener referencia alguna de proporciones ya que sólo podía basarse en las fotografías antiguas de visión frontal y un grabado, por lo que toda la zona posterior y laterales es una creación respetuosa con la estética y modelado de la obra original.

La imagen original estaba tallada en madera de pino Flandes, mientras que las partes añadidas se han realizado en madera de cedro.

   

La reconstrucción sigue la traza de la misma pero incluyendo matices en los ropajes que hacen diferente la obra perdida de la nueva. La policromía de la obra está realizada en acrílico, siguiendo exactamente la misma tonalidad de rojo y verde agua que se conservaba en el busto, colores muy utilizados en el siglo XVIII y que podemos comparar con los que aplicaba de Luís Salvador Carmona en muchas de sus obras. Sin duda alguna la mayor dificulta no estaba tan sólo en modelar los paños con acierto, sino en proporcionar correctamente la nueva obra al busto original, que de la sensación de que el Santo vuela apoyado en el ala del águila, y que éste con el animal, se posa sobre el caldero, siendo este último una pieza independiente.

En la reconstrucción se han añadido dos recipientes a modo de reliquia, uno con tierra de los Santos Lugares, donde San Juan nació y acompañó a Jesucristo, y otro con tierra de su tumba en Éfeso.

La orfebrería ha sido restaurada por Orfebrería Andaluza, realizando un nuevo aro de estrellas réplica del que se perdió.La reconstrucción del templete ha sido una obra magistral de carpintería de Enrique Gonzalvez González y de talla de Francisco Verdugo.

La figura del Santo, apóstol y evangelista, es representada con sus atributos iconográficos característicos: es la imagen de un hombre joven, apuesto e imberbe. Aparece vestido con túnica y manto abrochado sobre el hombro izquierdo. Está sentado sobre la figura del águila, animal que a su vez se apoya sobre un enorme caldero atizado por un fuego de leños ardientes.

Este apóstol sujeta la pluma con la diestra, en tanto con la otra mano sustenta el tintero. El rostro del santo se eleva ligeramente, con la mirada perdida hacia el infinito, en el momento de recibir la inspiración divina para redactar el Evangelio.

 


   

Iconográficamente esta imagen se definiría como la de San Juan ante la Puerta Latina (ante Portam Latinam), recordatorio del suplicio que le fue infligido: habiendo sido san Juan llamado a Roma por el emperador Diocleciano, el santo se negó a adorar a las deidades paganas, por lo que Diocleciano le impuso como castigo el que le rasuraran la cabeza (motivo de vergüenza pública) y a ser sumergido en un caldero de aceite hirviendo (castigo habitual aplicado a los falsificadores de moneda). El lugar del escarnio sería el habitual de la época: delante de una de las puertas de la ciudad de Roma llamada “Puerta Latina”. Para sorpresa de todos, el santo no sólo no salió frito del baño en el aceite hirviendo, sino que resultó rejuvenecido tras el mismo. A pesar de salir del suplicio indemne, la Iglesia lo ha considerado como un mártir más.

El Evangelista está representado con el águila, otro de sus característicos símbolos que lo suelen acompañar e identificar, y que guarda relación tanto con las palabras iniciales de su evangelio como por el hecho de ser éste el único animal que le acompañaba, como doméstico, en su destierro en la isla de Patmos, lugar en el que redactó su texto bíblico y donde el animal le haría las veces de pupitre, escribiendo sobre sus alas. En esta misma isla san Juan recibió la visita de la Virgen Coronada de estrellas con el Niño en brazos, descendiendo de los cielos.

Julián de San Martín nació en 1762 en Valdecuesta (Burgos) y murió en Madrid en 1801. En 1781 obtuvo el primer premio ex aequo (junto con Meana) de los premios de escultura de segunda clase convocados por la Academia con su obra “Esaú y Jabob”, un medio relieve que se conserva en esa institución. En el año 1786 es nombrado Académico de mérito. En 1797 fue designado teniente director de la sección de escultura de la Academia, según datos encontrados en el Archivo de la Real Academia de San Fernando (sección escultura, E, 137).

   

La talla denota la formación y el gusto academicista de su autor, siendo una pieza de notable factura e innegable elegancia. Tanto por las fotografías que conocemos como por los restos de la talla que nos han llegado, se observa la delicada hechura de los detalles del rostro, cabello y manos, meticulosamente trabajados, así como los pliegues de la túnica y del manto, en una composición general de la obra que conjuga con belleza la rotundidad estática del evangelista con la sensación de desequilibrio propia de la inestabilidad de su asiento imposible.

Los escultores de la Academia, obsesionados por lograr el dominio de la técnica, solían desposeer a sus obras de toda clase de pasiones, de los sentimientos mundanos, admitiendo únicamente un suave reflejo de melancolía. Por otro lado, procuraron lograr en sus esculturas suaves efectos lumínicos y rechazaron los pictóricos y el claroscuro demasiado dramático, características que se constatan en esta obra.

Mutilada por la incultura de los tiempos, sólo una pequeña parte ha llegado hasta nuestros días: el busto, una mano, dos tinteros y la pluma. No obstante, el rostro ha perdido parte de la expresión original debido a que los ojos de pasta vítrea y la nariz fueron amputadas en 1936. La calidad de la talla se manifiesta en el tratamiento de los cabellos y de la boca, donde perviven unos delicados labios y unos dientecitos tallados en su interior.

La talla representa, al tiempo, dos acontecimientos diferentes, por un lado, el martirio ante la puerta Latina, cuando fue introducido en un caldero de aceite hirviendo, y por otro, la escritura del Cuarto Evangelio. Aunque toda la estructura se sustenta sobre la tina, la apariencia del rostro y el cuerpo en general no expresan el desagradable momento del martirio, sino que manifiestan serenidad y delicadeza. El Santo, sentado sobre el águila, sujeta con una mano la pluma con la que escribió el Evangelio y con la otra el tintero. La mirada lejana, dirigida hacia el Altísimo, huye de la tensión y nos aproxima a un momento de serenidad, donde la mente del Evangelista ha quedado en blanco al tiempo que recibe la inspiración divina. Con ello se huye de la teatralidad del barroco y el artista nos introduce en las nuevas tendencias neoclasicistas propugnadas por la Academia, de la que era uno de sus miembros más importantes.

Para la imagen se construyó una excelente capilla por los mismos años, atribuida al arquitecto Mateo López, con retablo de Pedro Evangelio.

   
   

 

Hermandad de San Juan Evangelista
Barrio de Atienza - Huete (Cuenca) - F.D.